Hay
que reconocer que la infidelidad matrimonial es uno de los dramas conyugales más graves
(aunque no el único) que afectan, en nuestro tiempo, a la institución matrimonial. La
infidelidad dentro del marco del matrimonio se denomina adulterio, como
enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: El adulterio. Esta palabra designa la
infidelidad conyugal. Cuando un hombre y una mujer, de los cuales al menos uno está
casado, establecen una relación sexual, aunque ocasional, cometen un adulterio. Cristo
condena incluso el deseo del adulterio. [n. 2380]
El adulterio es un pecado grave que transgrede la ley natural y la ley divina: El
sexto mandamiento y el Nuevo Testamento prohiben absolutamente el adulterio. Los profetas
denuncian su gravedad; ven en el adulterio la imagen del pecado de idolatría. El
adulterio es una injusticia. El que lo comete falta a sus compromisos. Lesiona el signo de
la Alianza que es el vínculo matrimonial. Quebranta el derecho del otro cónyuge y atenta
contra la institución del matrimonio, violando el contrato que le da origen. Compromete
el bien de la generación humana y de los hijos, que necesitan la unión estable de los
padres [n. 2380-2381].
A pesar de ello se está constituyendo en una de las muchas plagas que azotan nuestra
desasosegada cultura. Algunos datos estadísticos, que hay que tomar con pinzas, arrojan
cifras estremecedoras: el diario La Nación, en su edición del 19 de marzo de 1997, bajo
el título Adulterio: nuevo furor sobre un viejo pecado, cita el estudio
realizado por Shere Hite utilizando un cuestionario impreso en Penthouse y otras
revistas para adultos (es decir, una encuesta realizada entre un público
libertino); en este estudio el 66% de los hombres y el 54% de las mujeres de Estados
Unidos consultados, afirmaban haber tenido al menos una aventura adulterina. Se cita
también el sondeo hecho con técnicas de muestreo más confiables de NORC
(año 1994, también en Estados Unidos); éste señalaba una praxis del adulterio en el
21,2% de los hombres y en el 11% de las mujeres.
Sean cuales sean los datos reales, la situación es una lógica consecuencia del brete
cultural en que nos encontramos metidos. Entre las muchas causas quiero destacar dos:
La primera es la mentalidad divorcista que ha sumergido la institución matrimonial, en
una crisis agudísima que amenaza con sofocarlo. La experiencia de 12 años de divorcio en
Argentina es elocuente: el divorcio ha engendrado más divorcios y separaciones, menos
matrimonios, más concubinatos, menos hijos por matrimonio, más hijos fuera del
matrimonio (un estudio del INDEC establecía que en 1995 el 45% de los argentinos nacieron
fuera del matrimonio) y envejecimiento poblacional. La situación de los divorciados
vueltos a casar, aunque sea dolorosa y pastoralmente merezcan un cuidado singular por
parte de la Iglesia[Familiaris consortio, n. 84], es, sin embargo, una situación de
adulterio; el hecho de que el fenómeno se extienda cada vez más debe preocuparnos
seriamente.
La segunda causa debemos buscarla en la incomprensión por parte de muchos
católicos incluso teólogos y pastores de la enseñanza de la Humanae vitae sobre
el acto conyugal. Muy sabio fue Pablo VI al defender la indisolubilidad de los dos
significados o dimensiones del acto conyugal [Humanae vitae, 12]. Éste, por su íntima
naturaleza, es al mismo tiempo unitivo y procreador. Mantener la unidad de ambos aspectos
es condición esencial para respetar la totalidad de la entrega matrimonial.
El matrimonio es uno con una para siempre, para darse totalmente cada
vez que se entregan en su relación conyugal. El no comprender este segundo elemento
puede conducir a la postre a no entender el sentido del primero. El robarle un significado
al acto conyugal, como ocurre en el fenómeno de la anticoncepción (en la que se le
despoja voluntariamente del valor procreador), implica una donación mezquina, un amor a
medias, un regalo truncado. Quien se acostumbra a este modo (parcial) de darse, puede
terminar por preguntarse qué mal hay en reservarse parte de sus sentimientos para
compartir con alguien distinto de su cónyuge legítimo. Esto no es una cosa nueva.
El mismo Pablo VI advirtió en la Humanae vitae que el uso generalizado de anticonceptivos
conduciría a la infidelidad conyugal y a la generalizada degradación de la
moralidad, y asimismo que el hombre perdería el respeto hacia la mujer y ya
no le importaría su equilibrio físico y psicológico, hasta el punto en que él la
consideraría como un mero instrumento de disfrute egoísta, y ya no como su
respetada y amada compañera[Humanae vitae, 18]; lo único que cabe agregar es que
el mismo fenómeno se da hoy en muchas mujeres respecto de sus esposos. La mentalidad
hedonista, con su conceptos tergiversados del sexo seguro, de las relaciones
prematrimoniales, de los matrimonios a prueba, con su desprecio de la virginidad, etc.,
propagados con la complicidad de los medios masivos de información y de auténticas
multinacionales del sexo, han extendido inquietantemente este modo ponderar el
amor y la sexualidad. |
¿Qué
hacer para remontar este clima de infidelidad? En general, lo que está a nuestro alcance,
es el preparar a los futuros esposos para vivir la fidelidad en todas sus dimensiones, y
predicar eso mismo a los hombres y mujeres en general, especialmente a los ya casados.
El verdadero amor exige espontáneamente la exclusividad. El universo del amor tiene dos
polos; el amor verdadero tiene como característica la suficiencia
intrínseca, es decir, que los que se aman no necesiten de nadie más. Si necesitan
de alguien de afuera para dar plenitud a su corazón, lo que está fallando es
el amor.
Pero
no solamente el amor exige la fidelidad, sino que la fidelidad protege al
amor. Todo esfuerzo por ser fiel, especialmente en los momentos de tentación fuerte,
repercuten aumentando, purificando y transformando el amor de los esposos.
Normalmente a la infidelidad en el sentido de engaño del cónyuge con
otro amante es algo que sucede porque se entiende la fidelidad conyugal en un
sentido restrictivo. La verdadera fidelidad implica tres dimensiones: es la fidelidad
cordial, mental y carnal. Lamentablemente, muchos la identifican exclusivamente con esta
última; y esta última, sola sin las otras no puede mantenerse en pie.
1) Fidelidad
cordial, del corazón, quiere decir reservar el corazón para el cónyuge, y renovar
constantemente la entrega que se le ha hecho la vez primera en que se declaró su amor.
Dice Gustave Thibon: La verdadera fidelidad consiste en hacer renacer a cada
instante lo que nació una vez: estas pobres semillas de eternidad depositadas por Dios en
el tiempo, que la infidelidad rechaza y la falsa fidelidad momifica. Charbonneau
añade: el marido que deja dormir su corazón ya es infiel. Fidelidad implica,
por tanto:
como dimensión positiva: reiterar la entrega del corazón; los esposos están
obligados, en virtud de amor, a ser afectivos entre sí; demostrarse el cariño. Flor que
no se riega se marchita; corazón que no ese alimentado, busca comida en otros platos.
como dimensión negativa: evitar todo trato imprudente con personas de otro sexo.
Entiendo por trato imprudente aquellas manifestaciones de afecto (a veces puramente a
nivel de amistad) que pueden empezar a ablandar el corazón. La persona con quien no se
convive, la que es tratada sólo esporádicamente, siempre revela menos defectos que
aquella que comparte el propio hogar... Y... el prado del vecino siempre parece más
verde... por el solo hecho de mirarlo de lejos. Así, de los tratos reblandecidos (lo que
no quiere decir que todos debemos ser corteses y cordiales con el prójimo) pueden ser
inicio de enamoramientos.
2) Fidelidad mental: no sólo es adulterio e infidelidad el contacto carnal con la persona
ajena al matrimonio, sino también el pensar en ella y desearla. La fidelidad exige
castidad de pensamientos, memoria y deseos. El que maquina, imagina, sueña despierto,
aventuras, aunque no tenga intención de vivirlas en la realidad, ya es
infiel, y esto prepara el terreno para la infidelidad en los hechos. En este sentido,
difícilmente guardará la fidelidad conyugal quien mira o lee revistas o películas
pornográficas, o con algún contenido pornográfico; quien no cuida la vista ante otras
mujeres u hombres; quien asiste o frecuenta ambientes donde no se tiene el mínimo pudor
en el vestir o en el hablar. La castidad exige, para poder ser vivida, un ambiente
casto. Esto no es puritanismo; esto es simplemente lo normal, lo
adecuado a la norma. Considero que la falta de seriedad en esta dimensión es causa
principal de las infidelidades matrimoniales, y no se puede poner remedio a este problema
si no se empieza por cortar con el caldo de cultivo de toda infidelidad que es la falta de
castidad en las miradas, en el pensamiento y en el deseo.
3) Fidelidad carnal: es bastante claro y evidente por sí. La infidelidad carnal es
siempre una profanación del cónyuge inocente, porque el matrimonio ha hecho de ellos una
sola carne (Mt 19,5); al entregarse uno de ellos a una persona ajena al matrimonio,
ensucia y rebaja la persona el cónyuge.
Finalmente, hay que tener siempre en cuenta que la fidelidad es una gracia; como tal, los
esposos deben pedirla, es decir, rezar pidiendo a Dios no faltar nunca a la palabra dada
en el matrimonio. Especialmente quienes se encuentran en situaciones más difíciles, ya
sea por el ambiente en que viven o por hábitos desordenados largo tiempo consentido,
deben recordar que la Iglesia nos enseña a orar con San Agustín: Da quod iubes et iube
quod vis (da lo que mandas y manda lo que quieras). El Concilio de Trento completó esta
afirmación con una expresión magnífica: Dios no manda cosas imposibles, sino que, al mandar
lo que manda, te invita a hacer lo que puedas y a pedir lo que no puedas y te ayuda para
que puedas.
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